miércoles, 30 de septiembre de 2026

Miércoles del Retail y ¿Estás a punto de dar tu primera conferencia?

 Miércoles del Retail  y  ¿Estás a punto de dar tu primera conferencia? 


No hay caminos para la paz; la paz es el camino"

— Mahatma Gandhi.

“El  Mercadeo   tradicional busca convencer al consumidor de comprar. 

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El hard discount busca demostrarle, todos los días, que comprar allí fue una buena decisión.”

Durante décadas entendimos el Mercadeo como una máquina de agregar: más referencias, más promociones, más exhibiciones, más medios, más mensajes y, muchas veces, más complejidad.

El hard discount llegó a hacer una pregunta incómoda:

¿Y si una parte importante de todo eso no agrega valor al consumidor, sino costo al producto?

Ahí está la verdadera relación entre Mercadeo y hard discount.

El hard discount no prescinde del  Mercadeo  . Lo lleva a un terreno mucho más exigente: deja de ser una función aislada, encargada de comunicar una promesa, y se convierte en la capacidad de toda la empresa para cumplirla todos los días.

La promesa es sencilla: Buena calidad, compra fácil y precio bajo permanente.

Pero sostenerla no es sencillo.

Se requiere surtido corto para concentrar volumen. 

Marca propia para controlar calidad, precio y diferenciación. 

Negociación a valor neto para eliminar costos que no llegan al consumidor. 

Empaques que además de verse bien permitan exhibir, reponer y transportar mejor. 

Logística a dos toques, caja cerrada, menos manipulación y mayor velocidad. 

Tiendas simples, cercanas y con una experiencia de compra sin fricción.

Eso también es  Mercadeo  .

Cuando una cadena reduce doce opciones de detergente a dos o tres alternativas realmente relevantes, no está empobreciendo la propuesta: está ayudando al cliente a decidir.

Cuando un precio no depende de una promoción de fin de semana, sino de una estructura de costos disciplinada, no está haciendo una oferta: está construyendo confianza.

Cuando una marca propia mantiene calidad de manera consistente, no necesita explicar demasiado. 

El consumidor aprende por repetición. Y esa repetición traslada la fidelidad desde la marca tradicional hacia la tienda.

Mercadeo HD = surtido correcto + precio creíble + calidad consistente + disponibilidad + experiencia simple.

Cada pilar del modelo comunica algo al consumidor:

  • El surtido corto comunica: “ya seleccionamos lo esencial por usted”.
  • La marca propia comunica: “si está aquí, cumple una relación calidad-precio confiable”.
  • El precio bajo permanente comunica: “no tiene que esperar una promoción para comprar bien”.
  • La logística a dos toques y la caja cerrada comunican, aunque el cliente no las vea, disponibilidad y ahorro real.
  • La tienda sencilla comunica rapidez, cercanía y ausencia de costos innecesarios.

Por eso, la góndola es el principal medio de comunicación del HD. Allí se demuestra la promesa: producto claro, precio visible, calidad repetible y disponibilidad. 

El consumidor no necesita una campaña compleja si, cada vez que entra, confirma que compra bien.

Exhibir. La tienda que permite entrar, comprar y salir rápido.

Todo comunica.

El  Mercadeo  tradicional buscaba persuadir. 

El  Mercadeo   del hard discount busca demostrar.

Producto ya no significa tener más referencias; significa tener la referencia correcta para cada misión de compra.

Precio ya no es una variable promocional; es una promesa estructural.

Distribución ya no es solo cobertura; es disponibilidad real en el momento en que el hogar la necesita.

Promoción no desaparece, pero deja de ser el centro. 

La experiencia, la claridad y la coherencia pasan a ser mucho más importantes que el ruido publicitario.

Este es, quizá, uno de los mayores aprendizajes para fabricantes y retailers tradicionales.

No basta con tener una marca conocida, una buena campaña y un calendario de activaciones. Para competir en este nuevo tablero hay que preguntarse si cada SKU merece su espacio, si el empaque reduce o agrega costo, si la logística soporta el precio, si el producto rota y si la propuesta se entiende en tres segundos frente a la góndola.

Ninguna marca es suficientemente fuerte para justificar complejidad sin retorno.

El hard discount no vende barato. Vende certeza.

La certeza de que el precio será justo mañana. La certeza de que el producto cumplirá. La certeza de que la compra será rápida. La certeza de que el ahorro no es una campaña, sino una forma de hacer retail.

El  Mercadeo   del futuro no será el que más prometa. Será el que logre que toda la operación respalde la promesa.

Porque, al final, el consumidor no compra nuestra publicidad. Compra el valor que encuentra en la tienda.


Bolívarcity abre en Montería y la noticia merece una lectura más amplia que la simple llegada de “otro competidor”.

 No es un D1, ni pretende serlo. Tampoco es un supermercado tradicional. Su espacio está en las tiendas de variedades, con productos funcionales para hogar, cocina, decoración, juguetes, papelería y belleza a precios accesibles.

Ahí está la señal: el consumidor colombiano no solo busca ahorro en la canasta básica. También busca resolver compras cotidianas de bajo desembolso, cerca de casa y sin sacrificar variedad.

Con su llegada al barrio Los Araujos, Bolívarcity suma presencia en Córdoba, donde ya opera en San Pelayo, Cereté, Montelíbano, Sahagún y Chinú. 

Es una expansión regional construida desde el conocimiento del territorio, el empleo local y una propuesta sencilla: productos útiles, precios bajos y cercanía.

El retail de valor sigue ampliando sus fronteras. El hard discount consolidó la disciplina de costos; las tiendas de variedades muestran que también hay espacio para competir desde la solución práctica y el ticket accesible.

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La pregunta no es si estas cadenas reemplazarán a todos los formatos. La pregunta es cuántas necesidades del consumidor están empezando a resolver mejor...


¿Estás a punto de dar tu primera conferencia? 

Diez investigadores y profesores comparten lo que les sorprendió al empezar a impartir clases, y lo que les hubiera gustado saber antes de entrar en el aula.

  • Una profesora madura prepara sus apuntes en el atril, en un aula vacía.

    La docencia es una habilidad invaluable para cualquier académico, pero a menudo no es un enfoque principal en los programas de doctorado. Crédito: SDI Productions/Getty

    Ľubomír Tomáška aún recuerda la primera clase universitaria que impartió hace más de 30 años.

    Era estudiante de doctorado de primer año cuando un profesor titular le pidió que sustituyera a un profesor titular en una clase introductoria de genética. El tema era la replicación del ADN: Aparentemente un tema sencillo para Tomáška, que estaba realizando su investigación doctoral sobre un tema similar.

    Leyó un capítulo del libro de texto y preparó una pila gruesa de diapositivas transparentes para proyectar frente a la clase —«esto fue antes de PowerPoint»— y entró con la confianza de estar listo.

     «Estaba preparado, pero a los diez minutos me di cuenta de que había perdido la atención de cerca del 90 % de los alumnos», recuerda Tomáška, ahora genetista en la Universidad Comenius de Bratislava. «Me sentía como un ciclista subiendo una cuesta empinada sin agua ni energía».

    La experiencia de Tomáška resulta familiar para muchos académicos que inician su carrera. En el ámbito académico, especialmente durante los programas de doctorado, el enfoque suele centrarse en fomentar las habilidades de investigación, en lugar de las de enseñanza. «Los doctorados te enseñan a ser científico e investigador, no profesor», afirma Olivia Bizimungu, candidata a doctora en neurociencia en la Universidad McGill de Montreal, Canadá.

    A pesar de esto, algunos programas de posgrado exigen que los estudiantes asuman responsabilidades docentes, incluso si tienen poca experiencia en ello. Tomáška, ahora un perspicaz profesor universitario, comenta que a menudo recibe estudiantes de doctorado que ingresan a su programa y comienzan a impartir clases de inmediato. Pero incluso si se conoce muy bien un tema, no todo es fácil. «Conocer el tema de la docencia universitaria no basta para dar una buena clase o seminario», añade.

    Aquí, diez estudiantes de doctorado, investigadores postdoctorales y miembros del profesorado comparten sus consejos para cualquiera que se prepare para impartir clases en la universidad por primera vez.

    Construir sobre materiales existentes

    Antes de comenzar tu primera lección, debes preparar los materiales del curso, como las diapositivas y los folletos. Por suerte, no tienes que empezar de cero. Generalmente existe un curso ya existente que puedes —y debes— usar como base.

     «No empieces desde cero», aconseja Aeriel Leonard, científica de materiales de la Universidad Estatal de Ohio en Columbus. Si es apropiado, puedes considerar usar tareas o trabajos anteriores.

    Tomáška también sugiere que los investigadores estudien si es posible impartir cursos de enseñanza formales en sus universidades.

    También existe otro recurso valioso: los propios académicos. Al igual que Tomáška, cuando Melanie Ortiz Álvarez De La Campa —quien obtuvo su doctorado en patología en la Universidad de Brown en Providence, Rhode Island, en mayo— comenzó a impartir clases de pregrado, asumió que con solo tener conocimientos de la materia sería suficiente para enseñar bien. Al darse cuenta de que los estudiantes procesan la información a diferentes ritmos, buscó el consejo de colegas con experiencia. «Aprendí mucho simplemente hablando con profesores», dice Ortiz Álvarez De La Campa. «Si tienen la oportunidad, asistan a algunas clases donde vayan a impartir y vean qué profesores les resultan más interesantes en cuanto a su metodología, y hablen con ellos al respecto».

    Prepara el contenido y el aula.

    Los estudiantes no son los únicos que aprenden. Una vez que tengas el material, también debes dedicar tiempo a memorizarlo. «Relee y repasa tus materiales didácticos y practica tus clases», recomienda Nirodha Weeraratne, investigadora postdoctoral de la Universidad Charles Sturt en Wagga Wagga, Australia. «Anticipa las preguntas que se harán durante los debates y ten preparadas respuestas plausibles».

    Al igual que harías para una presentación en una conferencia, conviene hacer un ensayo general. Liza Bolton, estadística de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda, aconseja a los investigadores que visiten el aula antes de su primera clase.

     «Inicia sesión en el atril, prueba tus diapositivas y comprueba las conexiones», dice. «¿Necesitas un adaptador USB-C o HDMI? ¿Cómo está el micrófono?».

    Fotografía en blanco y negro de Ľubomír Tomáška preparándose para una conferencia en su juventud.

    Hace unos 35 años, al comienzo de su carrera, Ľubomír Tomáška se prepara para dar clases. Crédito: Boris Bilčík

    Pero recuerda, no tiene que ser perfecto. «La preparación para la lección 1 será completamente diferente a la de la lección 100», añade Bolton. «No te desesperes si ahora mismo estás planificando demasiado y dedicando demasiado tiempo».

    Involucre a los estudiantes desde el principio.

    Las primeras impresiones son importantes. Bizimungu sugiere captar la atención de los estudiantes desde el principio, de la forma que mejor se adapte a cada uno. «Aunque empieces con algo que no vayan a entender, muéstrales por qué lo que vas a enseñarles es útil e interesante», afirma. Por ejemplo, al impartir una clase de neurociencia motora, Bizimungu comenzó con un vídeo sobre interfaces cerebro-computadora de última generación.

    A lo largo de la clase, relaciona la tecnología avanzada del vídeo con conceptos que los estudiantes ya habían visto en clase.

    Marco Mello, ecólogo de la Universidad de São Paulo, Brasil, afirma que es fundamental contar una buena historia. «Aprovecha el poder narrativo: un arco argumental claro, un conflicto, personajes sólidos, dinamismo y un motivo para que los estudiantes se interesen por lo que sucede después», explica. «Debes saber dónde empieza la historia, hacia dónde se dirige y qué quieres que los estudiantes recuerden al finalizar».

    La preparación es solo una parte del desafío: Jawad Ullah lo comprendió al dar su primera conferencia. «Tuve que observar el ambiente en tiempo real y entender si los asistentes estaban interesados, escépticos o relacionando las ideas con su propia experiencia en el aula», recuerda Ullah, estudiante de cuarto año de doctorado en ciencias agrícolas en la Universidad de Hainan, China. Sugiere que una breve pausa o una pregunta práctica pueden hacer que la sesión sea más dinámica.

    Al igual que Tomáška, es posible que pierdas estudiantes por el camino. Para recuperar su interés, Ortiz Álvarez De La Campa recomienda intentar que el contenido sea más personal.

     «Cuando un estudiante puede relacionar el material directamente con algo de su vida real, o mejor aún, aplicarlo, capta su atención», afirma. «Si, como docentes, podemos ayudarles a ver el valor real del conocimiento en la práctica, entonces consideran que vale la pena su tiempo».

    Piensa como el estudiante

    Mientras preparas la clase, puede ser útil ponerse en el lugar de los estudiantes. Leonard recomienda que, antes de asignar una tarea, un cuestionario o un examen, lo completes tú primero para asegurarte de que los estudiantes tengan los conocimientos necesarios para terminarlo. También debes comprender su mentalidad. Si estás entusiasmado por estar allí, puedes contagiárselo. «Siempre me resulta muy motivador cuando tengo ganas de hacer algún experimento durante la clase, porque me mantiene con la adrenalina alta», dice Tomáška.

    Melanie Ortiz Álvarez de la Campa de pie en un escenario dando una presentación en la Universidad de Brown.

    Melanie Ortiz Álvarez De La Campa ofrece una presentación en la Universidad de Brown en Providence, Rhode Island. Crédito: Departamento de Comunicaciones de la Universidad de Brown.

    La docencia no se limita a proporcionar material didáctico: también implica ofrecer consejos prácticos. «¿Cómo eras hace años? ¿Qué habrías necesitado más en aquel entonces?», preguntó Olesia Platonova, candidata a doctora en neurociencia cognitiva en el Instituto Pasteur de París.

"La forma de empezar es dejar de hablar y empezar a hacer" — 

Walt Disney.


Jaime Pérez Posada 

Asesoría , Formación y Consultoría en Mercadeo y temas afines. 

Formación incluyente para el Retail

Móvil: 313 721 8036

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Medellín, Colombia


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Miércoles del Retail y Cosmos y caos: los grandes Maestros...

 Miércoles del Retail  y  Cosmos y caos: los grandes maestros...


La vida no es una " velita ''. Es una espléndida antorcha , que deseo hacer arder tan brillantemente como sea posible, antes de pasarla a las generaciones futuras.
GB Shaw.

¿Cuánto cuesta manipular una caja una vez más en el retail?

Igomeze

Parece una pregunta menor. En muchas operaciones, esa caja llega al centro de distribución, se recibe, se almacena, se abre, se fracciona, se alista, se carga, se descarga en la tienda, se repone y finalmente se exhibe.

Cada toque parece pequeño. Pero cuando se repite miles de veces, todos los días y en cientos de tiendas, deja de ser pequeño: se convierte en costo, tiempo, espacio y riesgo de error.

El hard discount entendió muy pronto que la eficiencia no se construye solo negociando mejor el precio de compra. Se construye evitando que el producto sea manipulado innecesariamente.

Por eso la caja cerrada y lista para exhibir tiene tanto valor. La caja no es solamente empaque; debe proteger el producto, facilitar el transporte, llegar a la tienda y convertirse en exhibición con el menor trabajo posible. Una caja mal diseñada obliga a abrir, organizar, desempacar, botar material, contar unidades y volver a exhibir. 

En ese momento, la tienda termina pagando con mano de obra lo que creyó haber ahorrado en la negociación.

 Dos toques no es una consigna logística. Es una decisión comercial y financiera. La pregunta para el retailer y para el fabricante es sencilla: ¿su empaque ayuda a vender o está agregando trabajo a cada tienda?

 

Para entender el Hard discount, hay que conocer su origen -

Detrás de una tienda sencilla hay decisiones que empiezan mucho antes de abrir sus puertas: qué vender, cuántas referencias manejar, cómo comprar y cuánto cuesta llevar cada producto hasta el consumidor. 

La historia del hard discount permite entender cómo esas decisiones fueron construyendo un modelo comercial donde la simplicidad exige una enorme disciplina.

Su llegada a Latinoamérica plantea una pregunta que sigue vigente: ¿cómo adaptarlo a nuestros hábitos de compra, proveedores y condiciones de mercado, conservando los principios que sostienen su eficiencia?


Ramo, tradicional marca dueña de Chocoramo, tuvo fuerte crecimiento en primer semestre; proyecta cierre de año histórico - 





Juan Carlos Vargas, presidente de Ramo. Imagen: Cortesía Ramo.

Ramo, la tradicional empresa colombiana que tiene en su portafolio productos insignia como Chocoramo, Gala, Tostacos y Maizitos, atraviesa un semestre positivo, con un crecimiento de ventas de doble dígito y una aceleración de sus resultados mes a mes, según explicó Juan Carlos Vargas, presidente de la compañía.

El ejecutivo, quien asumió el liderazgo de la organización hace 10 meses, aseguró que la apuesta ha sido acelerar el desempeño sin modificar la esencia de una empresa con marcas de amplia trayectoria en Colombia.

"Ha sido un semestre muy bueno", señaló Vargas en entrevista con Valora Analitik al hacer el balance de los primeros seis meses. Según explicó, al llegar encontró una organización que "viene marchando bien" y el reto fue entenderla para acelerar los resultados que ya venía obteniendo.

En ese proceso, uno de los puntos centrales ha sido mantener el legado de la compañía. Vargas explicó que, en organizaciones con una trayectoria importante y marcas fuertes, modificar aquello que las ha llevado a posicionarse en el mercado puede representar un riesgo.

"Respetar y sobre eso construir", resumió el presidente de Ramo sobre la estrategia que ha seguido durante sus primeros 10 meses al frente de la empresa.
Ventas crecen a doble dígito

En términos comerciales, Ramo viene creciendo a doble dígito. Vargas precisó que el incremento de las ventas supera el 12 % en el primer semestre del año, comportamiento que, según explicó, se ha venido acelerando mes tras mes.

El desempeño también se ha dado en un contexto de inflación, aunque la compañía ha encontrado un factor de compensación en la reducción del dólar, debido a que utiliza materias primas importadas.

El trigo y el maíz, por ejemplo, son importados en parte y hacen parte de los ingredientes e insumos relevantes para la operación. Por eso, la reducción de la tasa de cambio ha permitido compensar parcialmente el efecto de la inflación sobre los costos.

En materia de precios, Ramo sí ha realizado incrementos, pero Vargas aseguró que estos se han mantenido por debajo de la inflación.



Para el cierre de 2026, Vargas anticipó un escenario positivo para la compañía. Según explicó, Ramo viene creciendo simultáneamente en volumen, pesos y rentabilidad.

"Yo creo que va a ser un cierre de año espectacular", afirmó el ejecutivo, quien espera que 2026 pueda convertirse en un año histórico para la organización.

Al ser consultado por una cifra para dimensionar esa expectativa, Vargas mencionó un crecimiento que podría llegar a 20 % frente al año pasado.

Finalmente, sobre nuevas alianzas o proyectos para Ramo, el presidente de la compañía aseguró que vienen nuevos lanzamientos, aunque no entregó detalles y señaló que se conocerán en su momento.
Un portafolio concentrado en siete marcas

La estrategia de producto de Ramo está concentrada actualmente en siete marcas: Chocoramo, Gansito, Ramo, Ponqué Gala, Tostacos, Maizitos y Pachas.

Esta última es el lanzamiento más reciente de la compañía. Las papas Pachas llegaron al mercado a finales del año pasado y, de acuerdo con Vargas, vienen mostrando un buen comportamiento.

El ejecutivo aseguró que Pachas ya es el segundo competidor en el segmento de papas artesanales y que la expectativa es continuar creciendo de manera importante en esta categoría.

La compañía, por tanto, mantiene su apuesta por fortalecer las marcas existentes y desarrollar nuevas opciones dentro de su portafolio.

Ramo y el crecimiento del hard discount

Otro de los factores que está marcando el mercado de alimentos en Colombia es el avance de los formatos de hard discount, tendencia que Ramo prevé que continuará.

Vargas reconoció que estos formatos tienen una participación importante del mercado colombiano, especialmente en categorías de alimentos y productos de limpieza. Sin embargo, señaló que la estructura comercial de Ramo le permite mantener una posición diferenciada.

El 80 % o más de las ventas de la compañía se concentra en tiendas, por lo que la estrategia consiste en seguir fortaleciendo estos canales, además de invertir en las marcas y en innovación.

El presidente de Ramo también señaló que algunos de los productos más representativos de la compañía ya tienen presencia en establecimientos de hard discount, por lo que considera que ambos modelos pueden convivir en el mercado.


 Cosmos y caos: los grandes maestros


Borges, Kafka, Joyce, Pessoa y otros grandes autores nunca ganaron el Nobel. En esta nota de opinión, Andrés García Barrios comparte una reflexión sobre la literatura, la libertad y la exclusión.

Borges, Kafka, Joyce, Pessoa, Rilke, Proust… ¿qué tienen en común todos estos nombres? Bueno, en realidad, debe haber muchas semejanzas entre ellos (para empezar, la de que no son nombres sino apellidos), pero una que a mí siempre me gusta señalar es que, si bien todos ellos son considerados como los más grandes escritores del siglo XX, ninguno recibió el premio Nobel: todos, por distintos caminos —pero, a final de cuentas, llevados por una especie de magia común—, parecen haberse alejado del tablero donde, cada año, los jueces del famoso concurso sueco cuelgan a algún genio de las letras para exponerlo al mundo.

Los políticos mexicanos de otros tiempos dirían de ellos “Ni modo, se movieron y no salieron en la foto”, donde “moverse” significa salirse del mainstream. La foto… ya sabemos cuál es, la de todos los que se sienten (o aprenden a sentirse) cómodos al sujetarse a lo convencional, a lo común: la famosa foto, por ejemplo, de los “más importantes científicos de la primera mitad del siglo XX”, donde, por cierto, conforme a los criterios de la época, solo aparece una mujer “la excepción que confirma la regla”, dirían en ese mismo gremio (por cierto, no se me escapa que en la foto de los seis grandes literatos no incluí a ninguna escritora, pero es una vergüenza que acarrearé durante todo este texto y a la que, al final, daré su lugar). 

Por lo pronto, el tema es el de esa especie de seres míticos que se sitúan lejos del centro, fuera de foco, apartados del blanco donde las agudas flechas del mainstream clavan hasta a los más grandes genios. Borges, Proust, todos ellos, por el contrario, se mantuvieron descentrados: Borges, distraído en su laberinto de libros; Proust, en otro, menos abstracto y mejor amueblado, buscando su memoria; Pessoa, repartido en mil personas para recorrer el suyo; Rilke, creando un silencio en el que se podía escuchar el vuelo de los ángeles: todos parecían no pertenecer a ningún orden, no proceder de sitio alguno ni guardar ninguna ilusión de acabar el viaje en otro lugar.

Hablo de ellos como seres inmortales, sin principio ni fin, sin anclaje alguno, como si no pisaran: el mito Kafka, el mito Proust; inmortalizados, a veces por sus libros, más que por sus estatuas. Pero basta con leerlos para reconocer lo lejos que estaban de soñarse como una piedra; también lo cerca que estaban de anhelar vidas más simples, como las nuestras. “Envidio a todos no ser yo” decía Pessoa, pero todos lo podrían haber suscrito en algún momento.

No quiero ahondar en sus pecados y sacrificios: a Borges, su sublime escepticismo, su imparcialidad —que era casi indiferencia— ante el devenir humano, lo llevaron a recibir el reconocimiento de un dictador criminal argentino, manchando para siempre lo que él cuidaba como uno de los más grandes valores: su decencia (años después mostró su arrepentimiento en un acto y un texto tan estremecedores como ignorados). Rilke solía proteger su soledad mediante el desprecio a sus benefactores; Pessoa —más decente— acabó ofrendando su cuerpo al Minotauro del alcoholismo.

Ninguno —aunque los queramos convertir en seres de una sola pieza— estuvo exento de la ordinariez humana. Y es obvio: nadie lo está, de la misma forma en que nadie, ninguno de nosotros, está exento de tener rasgos míticos, misterios y secretos que nos vuelven indescifrables. Luigi Pirandello, el gran dramaturgo italiano (que hubiera sido tan mítico como aquellos otros seis si no le hubieran dado el Premio Nobel), escribía obras de teatro cuyos títulos hablan de lo poco que confiaba él en que cada ser humano pudiera ser visto como uno solo: en ellas desafiaba sin piedad la pretensión de algunos de llegar a serlo, y evidenciaba, una y otra vez, la farsa de que lo que los seres humanos decimos y hacemos puede ser descifrado en un sentido único: La señora Morli, dos en una; Así es (si así les parece); Uno, ninguno y cien mil; Cuando se es “alguien”… (el tema, por cierto, es también el gran dilema que se abrió al iniciar el siglo XX, con el descubrimiento de la relatividad y, dos décadas después, por la nueva ciencia cuántica, que, entre otras cosas, llegaría a plantear algo así como que un electrón puede estar en dos lugares al mismo tiempo).

Los seres humanos somos así: algo tiende a fijarnos en un orden mientras otro “algo” nos dispersa en infinitos sentidos. Nuestra vida resulta una paradoja en que anhelamos la unidad y la diversidad en igual medida, identificando con ambas nuestra libertad, como si habitáramos, al mismo tiempo, el caos y el cosmos.

Un ejemplo de esta paradoja es lo que le ocurrió a Jean-Paul Sartre, filósofo notable, pero también prolífico escritor de novelas y obras de teatro. Él no recibió el premio Nobel, pero, no porque no se lo hubieran ofrecido, sino porque no lo quiso: lo rechazó. Muchos de sus contemporáneos lo tildaron de ególatra y oportunista (decían que lo había hecho para ganar publicidad), pero su explicación fue muy clara: rechazaba aquel crédito, además de casi un millón de dólares, para evitar que sus lectores sesgaran la lectura de sus textos y empezaran a apreciarlos solo por ser “la obra de un premio Nobel”. En suma, que eso les hiciera comprometer su libertad. Por desgracia, y a pesar de esta noble y radical actitud, Sartre, que hubiera querido pasar por descentrado, ya se había puesto, demasiado, debajo de los reflectores, para conseguirlo. Intentó no salir en la foto, y cuando se movió, todas las cámaras voltearon hacia él. 

Sin duda se hizo bolas. Pero no es el único. De hecho, es algo que nos ocurre a todos. De continuo, nos hacemos bolas: disentimos, volamos y caemos en un nuevo patrón, y, así, vuelo tras vuelo, patrón tras patrón, huyendo de la paradoja, la vamos urdiendo, tramando, tejiendo. Son muy pocos los que tienen la fortuna de aquel inocente personaje de La vida de Brian, la película cómica inglesa. En una escena, cierto ruidoso líder lanza una arenga al pueblo, exhortando a cada uno a defender su libertad de decisión: “¡Porque no queremos ser unos borregos, ¿verdad?! —exclama— ¡¿Verdad que ninguno de ustedes quiere ser un borregooooo?!” La multitud se desternilla en un unívoco “¡Noooooooo!”, que tiene muy poco de autónomo, y al cesar el furor, una voz tímida se escucha en el silencio: 

— Yo sí.

Ese hombre es la única persona libre del planeta, que acepta su condición de alienado a despecho de todo el mundo. Se sumerge en la paradoja de la existencia y nada en ella como pez en el agua, convirtiéndose en un milagro. Quizás la humildad no sea, en el fondo, sino una falta de temor al ridículo. A la mayoría, la paradoja nos asfixia: no queremos ser como todos, y debido a ello, lo somos. Nos unimos a esa voz mayoritaria de libertad, pero solo nos salva el que, al final, cuando nos quedamos solos, vemos, atónitos y arrepentidos, la consecuencia de nuestros actos. 

Y es así como, pensando en esta paradoja y en este trágico error, llegó al tema que dejé pendiente: el de la vergüenza de no haber mencionado a las grandes maestras de la literatura no premiadas: Virginia Woolf, Carson McCullers, Marguerite Yourcenar… Empiezo por advertir cómo, a diferencia de aquellos varones de las letras, estos me vienen a la cabeza no solo con apellido sino también con nombre. ¿Es tal vez un intento de acogerse en su totalidad, es decir, no de forma parcial, no como estatuas? Woolf, Plath, De Beauvoir: piedras memorables. Porque recoger solo el apellido es sostener la memoria del padre, de los padres, de la ascendencia varonil. Entonces recuerdo las palabras que escuché hace unos días, verdades que de pronto nos dejan ver esa multitud humana que ha quedado fuera de la foto. En una entrevista que vi por instagram, una joven pensadora se expresaba acerca de términos que no pueden entrar en el discurso filosófico, psicoanalítico o político, porque se les asocia con lo infantil y lo femenino (por ejemplo, la palabra dulzura, inaugurada como concepto filosófico por la francesa Anne Dufourmantelle), y, “en nuestro patriarcado, lo infantil y lo femenino no son lugares de producción de sentido ni de pensamiento”.

Repito: no son lugares de producción de sentido ni de pensamiento. Joyce, Kafka, Proust son apellidos que quizás nos revelan el valor de la humildad, pero detrás de los cuales ocultamos, con engreimiento (por decir lo menos), a más de la mitad del mundo: mujeres, niños y todas las personas hechas a un lado, que, sin embargo, logran poco a poco llamar nuestra atención y entrar a cuadro al brillar por su ausencia.

Nunca acabaremos los seres humanos de habitar nuestras paradojas ni de develar lo invisible: siempre descubriremos nuevas transparencias que, si estamos atentos, llegarán para abrir fragmentos de sentido y de pensamiento. A mí —que me jacto de feminista— hoy la vida me regaló esa vergüenza de la que hablo, permitiéndome reconocerla y confesarla.

Las mentes prósperas trabajan como un instrumento de mano, en un mismo punto.
Bovee


Jaime Pérez Posada 

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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Miércoles del Retail y La inteligencia artificial NO revolucionará la educación: lo harán las personas

Miércoles del Retail  y  La inteligencia artificial NO revolucionará la educación: lo harán las personas


Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y lo llamarás destino.
Carl Jung

 

Diez puntos que no debes olvidar en tus estudios de logística comercial e incluye a los Hard Discount JaimePePo


1-     LA FUNCIÓN LOGÍSTICA: Conocer los objetivos primordiales de la función logística, las distintas actividades que en ella se engloban y su relación con la estrategia empresarial es fundamental para organizar todas las actividades logísticas en el organigrama empresarial.
2-     DISEÑO DE ALMACENES: Los puntos importantes a tener en cuenta son la necesidad de almacenar, las actividades que se van a desarrollar en el almacén, la ubicación, el tipo de mercancía a almacenar, el espacio necesario y la ubicación en planta.
3-     SISTEMAS DE ALMACENAJE: El conocimiento de los medios de manipulación y los sistemas de almacenaje empleados nos ayudarán a plantear ventajas e inconvenientes para el trabajo en el almacén, en función de una mercancía determinada.
4-     ORGANIZACIÓN INTERNA: Identificar las fases y los procesos seguidos desde la entrada a la salida de las mercancías en el almacén nos ayudará a establecer la organización interna de éste y los recursos humanos necesarios para ello.
5-     COSTES LOGÍSTICOS: Hay que conocer en profundidad y nunca perder de vista tres costes fundamentales: aprovisionamiento, almacenaje y distribución.
6-     STOCKS: Para no tener costes excesivamente elevados es muy importante el control de stocks de los productos y las variables que hay que tener en cuenta para la gestión de stocks.
7-     MODELOS DE GESTIÓN DE STOCKS: Conocerlos, identificarlos y decidir sobre su implantación nos ayudará a gestionar con eficacia las existencias de la empresa.
8-     INVENTARIOS: Otorgar un valor monetario al inventario que las empresas conservan en sus almacenes les dará valor a sus existencias. Es muy importante conocer estos sistemas de valoración, el coste financiero asociado a las existencias y calcular e interpretar el periodo de maduración.
9-     DISTRIBUCIÓN: Pata decidir qué medio de transporte es el más adecuado para nuestras mercancías es necesario conocer las principales características de los medios de transporte y saber calcular el coste de los envíos, planificar rutas de reparto, decidir medios de embalaje y tipos de vehículos y sus utilidades.
10- CALIDAD: La aplicación profesional de todos los puntos anteriores nos permitirá el análisis de la Calidad de las funciones logísticas en su totalidad.
"Si hay una situación cambiante, la compañía tiene que moverse en la misma dirección en la que se mueven los clientes"
Philip Kotler asegura que "los clientes son todo. Si no hay clientes no hay compañía"

En el camino de quienes estudian mercadeo siempre se cruza un libro de Philip Kotler. Hace cuatro décadas publicó su primera obra, pero desde entonces no ha dejado de estudiar y escribir sobre la evolución de esta disciplina.

Gracias a esa dilatada trayectoria, a Kotler lo consideran el "padre del marketing moderno". Es profesor de la Northwestern University Kellogg Graduate School of Managment en Chicago, ciudad donde nació en 1931, y fundador de Kotler Marketing Group (KMG).

 "El mercadeo es todo" para una empresa y es el responsable de "ponerle significado a los productos".

-¿Ha cambiado mucho el mercadeo desde que está estudiando estos temas?-El mercadeo ha cambiado en diversas maneras. Hemos pasado de simplemente vender un producto a intentar ganarnos un cliente que siga comprando nuestro producto reiteradamente. Ahora no le vendemos a todo un mercado, escogemos un segmento y hacemos un producto especialmente para esa parte del mercado.
Hoy tratamos de comunicar a través de lo que llamamos comunicación de mercadeo integrada que no está formada sólo por publicidad, sino también por correo directo, relaciones públicas, medios digitales. Todo eso lo compaginamos para llegar al target a través de formas diferentes y efectivas.

Ahora sabemos medir mejor los resultados de la inversión o lo que gastamos en mercadeo porque cada vez utilizamos más la métrica, financiera y no financiera, para saber lo que hemos logrado en cada campaña.

-¿Considera que la actual crisis financiera puede afectar la forma cómo las empresas hacen publicidad?
-Sí. El mercadeo tiene que cambiar dependiendo del tipo de economía. Uno hace mercadeo de una manera cuando el tiempo es normal y en tiempos de recesión es de otra forma.

En este momento estamos en una recesión en muchas partes del mundo. La mayoría de las compañías van a gastar menos dinero en mercadeo y publicidad, menos dinero en desarrollo de sus productos, lo que pasa es que no le están prestando atención al largo plazo.

-¿Entonces qué propone?
-Una compañía inteligente en lugar de recortar los costos, debería ver esta crisis como una oportunidad. Por ejemplo, puedo comprar en esta época la competencia porque está más débil y quizás ganar en participación de mercado. Quizás saldré más fortalecido cuando termine la crisis.

Si hay una situación cambiante, la compañía tiene que moverse en la misma dirección en la que los clientes se mueven.

-¿Están aprovechando las empresas los nuevos medios de comunicación para hacer mercadeo?
-La mayoría de las compañías en todas partes del mundo todavía se basa en los medios tradicionales de publicidad y mercadeo porque aún no tienen en su personal gente que conozca estos nuevos medios.

El liderazgo en el uso de los nuevos medios se está observando en compañías grandes, progresistas, globales, que están decididas a utilizar Internet, páginas webs, blogs y las llamadas redes sociales.

-¿Cómo aprovechar esas nuevas herramientas?
-La compañía debería contemplar la posibilidad de contratar a alguien en el departamento de publicidad y mercadeo que se encargue de determinar la manera de utilizar estos nuevos medios a través de experimentos. A los que den resultados entonces deberían asignarle más recursos.

No creo que una compañía deba de una sola vez darle un vuelco a todo esto y gastar todo su dinero, sino ir lento, probando los diversos medios para ver cuál es el que le da resultados.

-Es decir, ¿en tiempos de crisis el mercadeo puede ser un salvavidas?
-Sí. Pienso que hay cosas inteligentes que se pueden hacer.

-¿A qué se refiere cuando afirma que "el mercadeo es todo en una empresa"?
-Lo que quiero decir es que los clientes son todo. Si no hay clientes no hay compañía.

-¿Y que "el mercadeo es una filosofía"?
-Es inteligente como filosofía de compañía diseñarse del cliente a lo que haces, porque la mayoría de las compañías cometen el error de diseñarse como productor eficiente de algo y después van a buscar a los clientes para ese producto. Básicamente, creo que es importante si uno tiene presente a quién quiere vender y los cambios que se están produciendo.

-Pareciera que las estrategias de mercadeo están cada vez más arraigadas en otros ámbitos de la sociedad como la política.
-Los políticos siempre han sido expertos en mercadeo. Pero claro, era simplemente ir a cafés, a reuniones, a darle la mano a todos los votantes, ahora siguen haciéndolo pero de una manera más sofisticada. Ellos entienden las características demográficas, saben lo que quieren oír las mujeres, los hombres, los jóvenes, los más viejos.

El Mercadeo se ha convertido en una base de datos. 

-¿Están rezagadas las empresas en el uso de redes sociales como Facebook?
-Creo que recientemente hemos visto más uso en la política de redes sociales de lo que hemos visto en las compañías promedio. Las compañías pequeñas y medianas quizás no van a utilizar los medios rápidamente porque no tienen en su personal gente que sepa ver la oportunidad, pero las más grandes sí están entrando en este campo de los nuevos medios.

-Si le pidieran un consejo para invertir adecuadamente el presupuesto en mercadeo, ¿qué recomendaría?

-Primero que todo aborda el tema de la investigación, de los estudios de mercado. Dedicar dinero a un estudio de mercado de verdad, no ese que simplemente te da cifras, sino el que indica qué siente el comprador al que quieres venderle, cuáles son las emociones y sus necesidades más profundas. Luego investigaría o estudiaría la competencia. Tengo que ver lo que están haciendo, eso lo llamamos inteligencia competitiva. También tendría que averiguar lo que están haciendo los proveedores y distribuidores de mi producto.

Cuando tenga la información correcta, la propuesta de valor y el cuento que quiero contar de mi producto, allí es cuando comenzaré a aplicar dinero.

La inteligencia artificial no revolucionará la educación: lo harán las personas

Amaia Arroyo Sagasta


La IA afectará a toda la sociedad, no solo a quienes la desarrollan. Las instituciones educativas juegan un rol clave para comprenderla críticamente y orientar su uso, evitando visiones simplistas sobre sus efectos.

Hablar de inteligencia artificial y educación empieza a parecer, al mismo tiempo, inevitable y agotador. Inevitable porque la IA ya forma parte (de manera implícita y explícita) de nuestras prácticas cotidianas de comunicación, búsqueda de información, creación, producción, evaluación, trabajo, aprendizaje y ocio. Agotador porque, en muy poco tiempo, se han multiplicado los informes, jornadas, guías, decálogos, titulares, promesas y miedos. Podría parecer que ya está todo dicho, pero quizá lo más importante sigue pendiente: pensar la IA desde una perspectiva verdaderamente educativa.

Para hacerlo, conviene empezar por una idea que a menudo se pierde en el ruido: no estamos ante una tecnología que llega desde fuera para instalarse en un mundo educativo intacto. Es lo que Carlos Magro subraya muchas veces: no podemos dar por sentada la integración de IA; hay que cuestionarla. Pero es verdad que vivimos ya en una condición postdigital. Lo digital no es una capa separada de la vida, ni una dimensión que se activa cuando encendemos un dispositivo y se desactiva cuando lo apagamos. Lo tecnológico se ha hibridado con nuestras formas de vivir. Ha dejado poso en la manera en que atendemos, leemos, escribimos, creamos, recordamos, trabajamos, nos relacionamos, nos informamos y aprendemos. Por eso, la pregunta no es simplemente cómo introducir la IA en la educación, sino cómo comprender una educación que ya se desarrolla en un mundo profundamente atravesado por tecnologías digitales y por la IA.

Esta mirada postdigital ayuda a escapar de una simplificación muy habitual: “la IA es solo una herramienta; todo depende del uso que le demos”. La frase es cómoda, tranquilizadora y, en parte, cierta. Las personas decidimos, interpretamos, damos sentido y asumimos responsabilidades. Pero también es una frase insuficiente. La IA no es un martillo ni una pizarra, ni un procesador de textos más sofisticado. No es una herramienta neutra suspendida en la nube. Es un fenómeno sociomaterial: está hecho de infraestructuras, centros de datos, energía, minerales, cadenas de suministro, trabajo humano visible e invisible, decisiones políticas, modelos de negocio, intereses geopolíticos, lenguajes, sesgos, normas, imaginarios y formas concretas de reorganizar la vida y las estructuras sociales.

Decir que “depende del uso” puede servir para recordar que no hay determinismo tecnológico; pero también puede ser peligroso si nos impide ver que los usos nunca ocurren en el vacío. Usamos tecnologías diseñadas por alguien, bajo determinadas condiciones y miradas, con determinadas finalidades y dentro de determinados ecosistemas económicos y culturales. La IA tiene efectos reales en el mundo físico: consume recursos, requiere infraestructuras, concentra poder, reorganiza trabajos, condiciona decisiones, produce dependencias y afecta a derechos fundamentales. También tiene implicaciones técnicas, sociales, éticas y medioambientales, epistemológicas, ideológicas, políticas, mercantiles y, por supuesto, educativas. No basta, por tanto, con enseñar a usarla bien. Hay que aprender a preguntarse qué mundo sostiene, qué mundo produce y qué mundo queremos construir con ella o frente a ella. 

Desde esta complejidad, el debate sobre IA y educación se vuelve más interesante e… incómodo. Porque nos obliga a ir más allá del entusiasmo y del rechazo. Y, sobre todo, nos obliga a revisar una parte importante de lo que se está escribiendo y diciendo sobre el tema. Se habla mucho de ética, responsabilidad, transparencia, privacidad o sesgos. Todo ello es necesario. Pero tengo la sensación de que seguimos pensando en la IA desde una perspectiva excesivamente solucionista, mercantilista e hiperproductivista, muchas veces disfrazada de preocupación ética. ¿Cuántas veces habéis visto infografías hechas con IA sobresaturadas e hiperestimulantes sobre las implicaciones éticas de esta tecnología? ¿Y cuántas sobre las herramientas disponibles para mejorar nuestra productividad? 

El solucionismo aparece cuando la IA se presenta como respuesta antes de haber formulado bien las preguntas. Se promete personalización del aprendizaje (que se confunde con la individualización), automatización de tareas docentes, generación de materiales, corrección inmediata (que es una práctica de alto riesgo y no debe hacerse), tutorización permanente, análisis predictivo del rendimiento y optimización de procesos. Algunas de estas posibilidades pueden ser útiles en determinados contextos; sería ingenua si lo negara. Pero la educación no es una colección de problemas técnicos esperando una herramienta más potente. Educar implica relación, contexto, conflicto, fricción, cuidado, tiempo, interpretación, juicio profesional y construcción compartida de sentido. Y nada de eso se resuelve simplemente añadiendo una capa algorítmica. 

Considero que hay dos lógicas detrás del solucionismo. Por un lado, la lógica mercantil aparece cuando las preguntas educativas quedan subordinadas a las preguntas del mercado: qué plataforma contratamos, qué licencia compramos, qué herramienta permite ahorrar más tiempo, qué proveedor ofrece mejores funcionalidades, qué solución promete no dejarnos atrás… La IA educativa (si se puede decir esto) no está creciendo en un espacio neutral, sino en una carrera tecnopolítica, capitalista y geopolítica por dominar infraestructuras, datos, estándares, relatos y mercados. Por eso, cuando una universidad, una administración o un centro educativo decide integrar la IA, no está tomando solo una decisión técnica. También toma decisiones sobre soberanía digital, dependencia tecnológica, protección de datos, autonomía institucional y orientación de la innovación. Por otro lado, la lógica hiperproductivista aparece cuando la IA se justifica, sobre todo, por su capacidad para acelerar: hacer más materiales en menos tiempo, corregir más rápido (insisto, no se debe), resumir más documentos, producir más informes, generar más actividades, contestar más correos… automatizar más, más y más procesos. El problema no es querer aliviar cargas de trabajo reales, que existen y son muchas. El problema es que acabemos confundiendo mejora educativa con incremento de productividad. Hemos aprendido a envolver la aceleración en vocabulario ético: uso responsable, eficiencia sostenible, innovación inclusiva… pero, si no discutimos los fines, la ética corre el riesgo de convertirse en una capa superficial para seguir haciendo lo mismo, más rápido y con más dependencia tecnológica. 

Quizá por eso la educación mira la IA con una mezcla de interés, ansiedad, recelo y, por qué no, miedo; y es comprensible, especialmente, en los estudios superiores de Educación. Las Facultades de Educación tenemos una gran responsabilidad: formamos al futuro profesorado y, por tanto, participamos indirectamente en la formación de todas las generaciones profesionales que vendrán después. No somos un actor más dentro del sistema. Somos un nodo estratégico para pensar cómo se aprende, cómo se enseña, cómo se evalúa y cómo se construye ciudadanía crítica en una sociedad atravesada por IA. Sin embargo, integrar la IA en la formación inicial y continua del profesorado no es sencillo. Nos cambia las reglas del juego, porque nos hace salir de la zona de confort, incluso cuando decimos que innovamos. Nos obliga a revisar prácticas que parecían estables: qué significa escribir, resolver una tarea, evaluar un aprendizaje, acompañar un proceso, autoría, qué pensamiento crítico y qué lugar ocupa el criterio docente cuando parte de la producción textual, visual o analítica puede ser mediada por sistemas automatizados. 

Durante años hemos hablado de innovación educativa, competencia digital, metodologías activas, evaluación continua formativa y formadora, y transformación educativa. Pero la IA nos coloca ante una pregunta más radical: ¿estábamos transformando realmente la educación o simplemente modernizando algunas de sus formas? Porque si una estudiante puede generar un ensayo en segundos, estoy segura de que el problema no es solo cómo detectar si lo ha hecho. Tal vez la pregunta sea qué tipo de ensayo estábamos pidiendo, qué proceso queríamos provocar, qué evidencias de aprendizaje consideramos valiosas y cómo podemos diseñar experiencias educativas donde pensar importe más que entregar. 

Lo mismo ocurre con la docencia universitaria. Si una IA puede generar una rúbrica, una actividad, una explicación, una presentación o una propuesta de evaluación, el valor del profesorado no desaparece, pero se desplaza y se transforma. Llevamos años diciendo que no basta con producir materiales o transmitir contenidos: el fenómeno de la IA y su integración en la educación nos ha sacado los colores y nos interpela a complejizar la tarea docente. Esa complejidad no es otra que diseñar contextos, formular buenas preguntas, acompañar procesos, sostener conversaciones, cuidar criterios, leer situaciones, decidir cuándo una tecnología aporta valor y cuándo empobrece la experiencia. La IA no elimina la pedagogía. Al contrario: cuando se integra sin pedagogía, muestra con más claridad su ausencia.

Mientras tanto, podemos observar que ocurren cosas a tres niveles. A nivel macro, las instituciones internacionales empiezan a moverse. PISA integrará en 2029 la alfabetización mediática y en inteligencia artificial. La OCDE y la Comisión Europea han impulsado el marco AILit sobre la alfabetización en IA orientado a la educación primaria y secundaria. La regulación europea, por su parte, ya introduce la alfabetización en IA como una obligación relevante para quienes proveen y despliegan sistemas de IA. Estos movimientos indican que la alfabetización en IA deja de ser un interés especializado y empieza a reconocerse como una dimensión vital para la ciudadanía crítica.  

Pero que algo entre en un marco internacional no significa que automáticamente entre bien en las aulas. Las políticas pueden orientar, crear lenguaje común y legitimar prioridades, pero no sustituyen el trabajo pedagógico situado. Un marco competencial no transforma por sí solo la formación docente (ya lo hemos vivido con el marco DigComp de la competencia digital durante años); y me temo que una prueba internacional tampoco resolverá el sentido del currículo. Por su parte, la regulación tampoco garantiza una cultura crítica. El nivel macro es necesario, pero necesita dialogar con lo que ocurre en las instituciones, en los centros, en las aulas y en las decisiones cotidianas del profesorado y del alumnado. 

En el nivel meso, muchas universidades, redes y centros educativos están empezando a pensar estrategias de gobernanza de la IA. Y esta palabra, gobernanza, es clave. Porque la integración de la IA no puede depender únicamente de la curiosidad, la prudencia, el entusiasmo o el miedo de cada docente. Necesita condiciones institucionales, criterios compartidos, infraestructuras, formación, espacios de reflexión y deliberación, apoyo técnico, jurídico, ético y pedagógico. También necesita investigación y transferencia, políticas claras sobre datos, privacidad, evaluación, autoría y usos aceptables. Eso no significa únicamente redactar una guía de uso o decidir qué herramientas están permitidas. Significa preguntarse qué ecosistema educativo-pedagógico, tecnológico y ético queremos construir. También implica discutir si apostamos por infraestructuras propias o por plataformas comerciales, qué dependencias aceptamos, qué datos exponemos, qué capacidades internas desarrollamos y cómo evitamos que la transformación digital se reduzca a comprar licencias. Una universidad no se vuelve más innovadora por contratar más herramientas. Se vuelve más responsable cuando es capaz de alinear sus decisiones tecnológicas con su misión educativa y social. El nivel meso también debe abordar el rediseño de los procesos de enseñanza y aprendizaje. No basta con añadir una declaración sobre IA en las guías docentes. Hay que revisar tareas, metodologías, criterios de evaluación y formas de acompañamiento. También hay que decidir cuándo tiene sentido usar IA, desde la pertinencia didáctica, como objeto de estudio y cuándo como herramienta. Hay que distinguir entre aprender sobre IA, aprender con IA y aprender en un mundo con IA. Hay que formar al profesorado para usar aplicaciones, pero también para tomar decisiones pedagógicas informadas, críticas y contextualizadas. 

Y después está el nivel micro: el personal, el profesional, el del día a día. Ahí, como en tantos otros debates sociales, tendemos a polarizarnos: o abrazamos la IA como promesa inevitable o la detestamos como amenaza absoluta. En un extremo, el entusiasmo acrítico ve en la IA una oportunidad para innovar, ahorrar tiempo, personalizar, producir y no quedarse atrás; y en el otro, el rechazo absoluto la interpreta como una amenaza para la autoría, el pensamiento, la evaluación, la privacidad, el trabajo docente o la justicia social. Ambos extremos tienen razones parciales, pero ninguno basta. Necesitamos salir de esa polarización en bucle. Ni fascinación ni rechazo: criterio. Y el criterio se educa. No aparece espontáneamente por tener acceso a una herramienta ni por prohibirla. Requiere conocimientos, habilidades y actitudes. Conocimientos para comprender, al menos de forma básica, qué es la IA, cómo funcionan estos sistemas, qué hacen y qué no hacen, de dónde salen sus resultados y qué límites tienen (alfabetización en IA). Habilidades para usarlos cuando aportan valor, evaluar sus respuestas, proteger datos, contrastar información, formular buenas preguntas y diseñar procesos de aprendizaje significativos (competencia digital). Actitudes para actuar con prudencia, curiosidad, responsabilidad, justicia, conciencia crítica y sensibilidad hacia los impactos sociales y ambientales (perspectiva crítica y ética). La competencia clave no será usar IA siempre. Será saber cuándo no usarla. Y, cuando se use, saber por qué, para qué, bajo qué condiciones y con qué consecuencias. Esta idea es tremendamente importante en educación, porque el objetivo no debería ser formar usuarios obedientes de sistemas inteligentes, sino personas capaces de tomar decisiones sobre esos sistemas. 

Por eso, todos los niveles importan: el macro, el meso y el micro. Hay que acompasarlos. Necesitamos construir coherencia entre regulación, institución, práctica docente y sentido educativo, con liderazgo. Esto implica recordar que la finalidad no es adaptar la educación a la IA, sino educar para que la IA no se desarrolle al margen de la democracia, la justicia social y la vida común. La pregunta de fondo no es qué puede hacer la IA por la educación, sino qué debe hacer la educación ante una sociedad que ya está siendo reorganizada por la IA. 

Desde las universidades, esta pregunta nos interpela de lleno. Nos toca responder a nuestra función como catalizadoras de cambios sociales. Y eso implica investigar, sí; pero también transferir conocimiento, acompañar a instituciones, dialogar con centros educativos, formar profesionales, revisar nuestra propia docencia y divulgar de manera clara. La universidad no puede limitarse a observar el fenómeno desde fuera, ni a reproducir el relato de que la IA viene a revolucionarlo todo mágicamente. Tenemos la responsabilidad de complejizar el debate público, desmontar simplificaciones y ofrecer marcos para comprender y avanzar. También tenemos la responsabilidad de formar a generaciones que trabajarán rodeadas de IA. Algunas ejercerán profesiones que hoy apenas imaginamos. Otras desempeñarán trabajos conocidos, pero profundamente transformados. En cualquier caso, necesitarán competencias para tomar decisiones en contextos mediados por sistemas algorítmicos. No solo competencias técnicas, sino también digitales, críticas, éticas, comunicativas, políticas y pedagógicas. La IA no afectará únicamente a quienes programen IA: afectará a docentes, periodistas, sanitarias, juristas, ingenieras, trabajadoras sociales, artistas, administraciones públicas, empresas, familias y ciudadanía. Y aquí la educación tiene una tarea insustituible: evitar que la sociedad se crea el cuento de la revolución automática. La IA no viene a salvar la educación, ni a destruirla inevitablemente. Es un fenómeno complejo, postdigital y sociomaterial, que debemos comprender, disputar y orientar para construir. 

Si algo se transforma, lo transformarán las personas. Quizá por eso el gran reto no sea integrar la inteligencia artificial en la educación. El reto es construir una educación capaz de formar a personas que no solo vivan en una sociedad con IA, sino que participen en la construcción de una sociedad —y también de una IA— más justa, equitativa, sostenible, pedagógica y humana. Yo lo tengo claro: la IA no revolucionará mágicamente la educación. Esa promesa pertenece más al marketing tecnológico que al pensamiento pedagógico. La revolución, si merece ese nombre, dependerá de nuestras decisiones colectivas: de qué enseñamos, qué evaluamos, qué investigamos, qué regulamos, qué compramos, qué rechazamos, qué imaginamos y qué cuidamos. En definitiva, dependerá de si somos capaces de poner la inteligencia humana, social y pedagógica por delante de la inteligencia artificial. 

"Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad"  

Carl Jung
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Jaime Pérez Posada 

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