Cordial saludo

- No retroceder en ambición.
- Construir diferenciación significativa.
- Priorizar los temas críticos del sector antes de expandir el discurso.
- Diseñar inclusión desde el inicio.
- Convertir los compromisos en comportamientos visibles y recompensables.
Frente a la guerra: educación en el dolor y el peligro
En un contexto como el que vivimos actualmente,.
Andrés García Barrios propone la educación ética como un proceso de deshielo que nos ayude, para empezar, a volver a sentir.

Ya en los albores del milenio, un hombre sabio me decía que, en México, a pesar de la aparente situación de paz, vivíamos en una atmósfera cotidiana de guerra. Todos lo sentíamos; no lo queríamos admitir de forma abierta; no, al menos, como para actuar en consecuencia. Lo cierto es que desde entonces podíamos haber emprendido una seria campaña de educación ética ante la violencia, tanto la del entorno como la nuestra, propia. Pero hacerlo habría significado aceptar que estábamos involucrados de forma íntima en esos conflictos (cosa que nuestra conciencia, casi siempre, se empeña, hasta el último, en evadir), y que no eran las guerras de otros, distantes.
Hoy es cada vez más difícil negar, no solo que los enfrentamientos cercanos nos envuelven, sino que incluso estamos vinculados con los de otros continentes.
¿Seguiremos soñando que son las guerras de otros? ¿Persistiremos en acumular tensión, sin atrevernos a expresar y, por lo mismo, sin poder hacer nada con ella? Parece el sueño de un dormir anestesiado: este esperar a ver si de verdad caen bombas, para admitir lo que sentimos y pensamos, y actuar conforme sea posible.
Despiertos, o mejor dicho, medio sonámbulos, nuestro sentimiento es un no-sentimiento, un estado de pasmo y de frialdad casi corporal, que un experto diagnosticaría como depresión.
Hablo de educación ética, en un contexto como este, porque quiero proponer como un proceso de deshielo que nos ayude, para empezar, a volver a sentir. Los sentimientos —y los pensamientos— fluyen de forma regular sólo cuando encuentran un cauce, ese que el pasmo les oculta. Pero está ahí: no es otro que la ética, disponible para todos, dentro de todos, aunque sea en embrión. La ética no es una convicción intelectual que se abre camino con un propósito, ni una serie de preceptos que provienen del exterior y que estamos obligados a cumplir: es una relación íntima entre nosotros y el mundo, un acoplamiento, una especie de abrazo que nos reúne con la fuente de sentido. Gracias a la ética, lo que está confundido se aclara y avanza, nuestra humanidad se expande integrándose —e integrando en sí misma— la realidad. Sin ética, el mundo aprieta (y pesa) porque no cabe dentro ni cabemos en él.
El canal de la ética es una red de ideas clave, de nociones intuitivas: conceptos de discurso infinito —los llamados valores— que mueven nuestra acción, entendiendo ésta no sólo como conducta consciente, sino también como razonamiento motivador, habla, escritura, arte y ciencia. La ética articula nuestro sentir, nuestro pensar y nuestro actuar con el lenguaje del mundo.
En la ética se da una conjunción semejante a la que ocurre cuando abrimos una puerta, y entonces mano, manija, fuerza, cuerpo, empuje, puerta, espacio, todo se concentra en un solo hecho interior/exterior, con la particularidad de que la ética articula todas las dimensiones de la intención y la acción humanas.
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¿Ocurrirá lo mismo en la guerra, frente al dolor y al peligro? Ni yo ni nadie estamos seguros de cómo reaccionaríamos si en un momento dado nos alcanzara esa violencia, pero sí podemos hablar de educación, es porque, seguramente, no estaríamos obligados a responder con impulsos descontrolados, sin consideración alguna. En momentos como esos, nuestros sentimientos y pensamientos abrevarán de la experiencia, ciertamente, y, por eso, de recurrir a una norma ética, será a aquella que esté más arraigada en nosotros, en lo que somos, en lo que hasta ese momento hayamos logrado llegar a ser. Y eso es mucho. Los seres humanos no estamos supeditados al impulso: somos capaces de cultivar valores, transmitirlos de generación en generación e integrarlos en nuestra experiencia, en el entendido de que mientras más hondo calen, más ricas y variadas, ágiles y flexibles serán nuestras respuestas.
Hace años tuve un par de experiencias que me permiten confiar en lo que digo; cosas que me enfrentaron, si no a un temor de guerra, sí a un riesgo considerable. Una fue el encuentro súbito, en la calle, con un hombre del tamaño de un ropero, con uniforme militar y los ojos inyectados por la droga, quien, llegándome por la espalda, me tiró del pelo, y a quien, tras una primera reacción torpe y descontrolada de mi parte, pude finalmente neutralizar, gracias tanto a un deseo auténtico de proteger mi vida, como al cultivo previo de ideas y sentires sobre cuál sería la mejor forma de reaccionar en una situación semejante. Lo mismo puedo decir de la segunda anécdota, mucho más difícil y prolongada (un secuestro de los llamados express, que duró cuatro horas), del cual salí triunfante, es decir, sobreviviente.
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¿Qué valores podemos cultivar que, en una situación como la que atraviesa el mundo, nos permitan contribuir a la paz, es decir, recuperar la emoción, la razón, la acción y el habla, de manera armónica? Para responder, hagamos un recuento de algunas de las virtudes que han sobresalido en las filosofías a lo largo de los siglos. Ellas nos darán una pauta para empezar a contestar, e incluso, espero, una guía de diálogo para los docentes interesados en compartir el tema en el aula (pido una disculpa si, por motivos de espacio, mis siguientes comentarios son solo una aproximación al tema y una invitación al lector a entrar, por sí mismo, en más detalles).
Empezaré por el que, para mí y para muchos, es el valor supremo: el amor (ya lo dijo Bad Bunny: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”). A este, por ser un valor trascendente, no se le puede describir; sin embargo, se le pueden atribuir algunos valores humanos, adheridos. Empiezo por el que considero el primero en la fila.
Comunicación. Los valores son bienes personales/sociales; conductos que nos unen a nuestra fuente de sentido y que se trasmiten y consolidan en la comunicación (cuando esa transmisión de valores es intencional, se llama educación).
Hablando del dolor y el peligro, la filósofa Hannah Arendt decía a su amigo, el también filósofo Karl Jaspers (casado, por cierto, con una mujer judía en pleno nazismo): “Usted apostaría a la comunicación aun en condiciones de diluvio”.
La comunicación está adherida a otro valor que, desafortunadamente, se ha convertido en una palabra tibia: la cortesía. Esta, cuando se halla consolidada como virtud, se hace presente incluso en condiciones de dolor y peligro. En realidad, no es otra cosa que hacer saber a las y los demás que estamos atentos a ellos. Jorge Luis Borges le da tanta importancia que llega al extremo de afirmar (y no de broma): “En una discusión, es una descortesía tener razón”.
La comunicación también se adhiere al reconocimiento, que es la valoración explícita —o implícita en el diálogo— del esfuerzo del otro. Algunas posturas teóricas intentan desunir a la persona de sus logros, pero eso no es posible: cuando los logros son prolongación de la virtud, reconocerlos es humildad y gratitud, dos formas mas de contemplar, a la vez, lo humano y nuestra fuente de sentido (al escribir esto, comprendo mejor lo que una vez le dije, de forma muy intuitiva, a un amigo ateo, gran psicoanalista: “Si no crees en Dios, ¿cómo vas a darte cuenta de todo el bien que has hecho?”).
Finalmente, también adherida a la comunicación, está la compasión, virtud que nos ayuda a reconocer e integrar al diálogo, la dificultad del otro para amar y comunicarse (dificultad siempre presente en todas las personas).
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Otros cuatro atributos del amor son los que describe el psicoanalista Erich Fromm en El arte de amar (Fromm, otro alemán judío, llegó a México huyendo de la guerra): responsabilidad, conocimiento, respeto y cuidado. Me referiré aquí solo a los dos primeros, interpretándolos en una versión muy personal.
Responsabilidad: también está adherida a la comunicación, al dar valor a las palabras como actos: respondemos por ellos, reconocemos que siempre actuamos —y nos comunicamos— bajo presión, pero con libertad. Somos responsables de lo que decimos y hacemos.
Conocimiento: nos mantenemos alerta a lo que está ocurriendo y a lo que puede ocurrir, tanto alrededor como en nosotros mismos. Algunos ven el conocimiento como nuestro punto de partida. Pero esto es peligroso. El conocimiento se adhiere siempre a otros valores para no ser confundido ni con la verdad ni con la opinión. El conocimiento da una explicación coherente de la realidad visible. Busca la verdad, pero la acepta como inalcanzable. Por su parte, la opinión no logra ver los hechos desde la distancia. Es tan irrebatible como irrelevante. El conocimiento, por el contrario, es relevante porque puede rebatírsele. Es ético, deja fluir el sentir y el pensar, ayuda a crecer.
El conocimiento está unido a la responsabilidad en el sentido de no propagar el temor infundado ni el falso rumor. Todo análisis del conflicto debe contribuir a la paz. Aun cuando el escándalo nos abrume, aun cuando el ruido nos inunde, la paz debe abrirse paso entre la batalla, alerta, moviéndose sobre los escombros y los retenes, apostando al amor y al entendimiento, para llegar al centro mismo del corazón contrariado.
Vayamos, finalmente, con los clásicos. Aristóteles, en su Ética, describió aquellos valores que nos acercan al bien supremo, la eudaimonia, un tipo de felicidad que está presente incluso ante el dolor y peligro. Encontró cuatro: prudencia, justicia, valentía y templanza. De ellos, me atreveré, de forma temeraria, a dar aquí mi propia versión, adecuada al tema.
La prudencia no busca el peligro ni el dolor, ni los enfrenta de una forma que haga que aumenten.
La Justicia no evita el peligro ni el dolor cuando, al hacerlo, se causa daño a inocentes.
La valentía siempre escapa del peligro y el dolor, mientras, al hacerlo, no se sea injusto ni se caiga en otro peligro igual o mayor.
La templanza se permite disfrutar de todo aquello que está a su alcance, incluso en situación de peligro y dolor, mientras no descuide los otros valores.
Me faltaría hablar sobre otras virtudes: perseverancia, confianza, paciencia, muchas más, incluyendo algunas conocidas como espirituales, de nombres raros, unos ya “desatanizados” en el contexto académico, por grandes filósofos como Byung-Chul Han (la esperanza) o Jacques Derrida (la fe), y otros todavía impronunciables, aunque también han sido descritos por importantes maestros: piedad (Zambrano), c
En fin, se podría prolongar la lista, como digo, pero prefiero terminar aquí.
Recordar:
El hombre es un pedazo del universo hecho vida. Emerson
Jaime Pérez Posada
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