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Bad Bunny: El buen ejemplo.
En esta nueva entrega, Andrés García Barrios reflexiona sobre cómo el show de medio tiempo del Súper Tazón LX, con Bad Bunny como protagonista, se relaciona con el ritual escolar de preservación y permanencia.

El mundo del arte y del espectáculo se ha acostumbrado, demasiado, a hablar de las obras como “producciones”. Esta palabra, como es obvio, acentúa el lado material del asunto y descuida lo más importante, la presencia humana. Por eso, esta mañana me dio gusto leer un artículo sobre la promotora cultural y docente Claudia Norman —mexicana que vive en Manhattan— donde se la elogia, no tanto por su capacidad de “dar resultados”, como por su deseo de convocar equipos y provocar encuentros. “No aprendió a producir sino a reunir”. De inmediato también me di cuenta de que estas sencillas palabras eran las que yo estaba buscando para escribir, aquí, sobre Bad Bunny y la fuente de su magia en el show de medio tiempo del Súper Tazón LX. Quienes quisieran que todo en el arte “comercial” fuera marketing, tienen que entender esta diferencia: el acto organizado por Bad Bunny no fue una “producción”, fue una reunión.
Empecemos por lo más sencillo, un detalle de los siete minutos previos al espectáculo, los de preparación: me refiero al genial momento en que entra corriendo a la cancha el enorme cañaveral formado por cientos de jóvenes disfrazados de matorrales. A alguien se le ocurrió el buenísimo chiste de que a esos chicos y chicas les habían dado un “trabajo de planta”, pero la verdad es que, por modesta que haya sido su participación, resultó esencial (tenían la encomienda de mecerse de forma sutil al ritmo de la música, de manera que se sintiera que el paisaje bailaba). Recuerdo que, en mis tiempos de actor principiante, mis compañeros y yo nos burlábamos de cualquiera que recibiera un papel secundario diciendo que iba a “salir de árbol”. En el acto del Súper Tazón, eso pasó, literalmente, e insisto, fue crucial: la vegetación se volvió, en buena medida, la vida de la fiesta.
Este espíritu de unión y humildad estuvo presente en el equipo entero, muy probablemente porque el primero en abandonar su lugar de estrella fue el propio Bad Bunny, quien, claro, casi todo el tiempo ocupó el centro, pero solo como cómplice de todos y posibilitador del encuentro.
Pero vayamos por partes.
Hay obras en que arte y política logran una bella y poderosa unidad. Es el caso de este evento. Obra de amor y resistencia, arranca exaltando un rasgo de identidad (“Qué rico es ser latino”), pero también lo hace para convocar a la unión y la pertenencia. Lo mismo ocurre cuando Bad Bunny renuncia a su apodo en inglés y se presenta con su nombre de pila, Benito Antonio Martínez Ocasio, identificándose como latino con el propósito de acercarse.
Esta voluntad de unir no deja de señalar que la segregación y la diferencia no son elección de las y los latinos sino algo que otros establecen. Es obvio que el evento apunta a dos frentes: por un lado, a las campañas anti-inmigrantes del servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, en inglés), y, por otro, a la ausencia de oportunidades y derechos de la población puertorriqueña, tanto en Estados Unidos como en la isla, en el Caribe (es importante saber que Puerto Rico, nación latina, es territorio “propiedad” de Estados Unidos, sin embargo, no se le considera “parte” del país, no es uno de sus cincuenta estados, no está representado en las estrellas de su bandera y no goza de los mismos derechos; tiene, sin embargo, desde 1952, su propia bandera, con una sola estrella).
Denuncia e igualdad también recorren todo el espectáculo. Cuando el colectivo de mujeres baila —bajo el fuerte acento sexual del reguetón—, es evidente que no lo hace para complacer a un macho alfa protagónico sino para aumentar una identidad propia. “Perrean solas”, como dice la canción. Junto a eso, el placer y la sensualidad llegan entretejidos, de forma subliminal, con un candor social: el famoso “perreo” es también expresión de identidad, porque pe erre, PR, es Puerto Rico.
Acontece una boda en vivo (otro tipo de unión, con un juez real y todo). Lady Gaga “ameniza” la recepción. Lo hace en inglés, pero con su actitud revela que lo latino es para todos. Parte de la fiesta, Benito celebra y, al final, gozando, se deja caer de espaldas en brazos de su gente, no como el ídolo que se entrega a la adoración, sino evidenciando la confianza y la fe del grupo, igual que hacen esas coreografías hippies en que miles de manos se extienden a lo alto para celebrar la vida.
Las celebrities invitadas, amigas y amigos de Bad Bunny, gozan y festejan como todos, y nadie cree necesario encenderles encima ningún reflector. Está claro el espíritu de unión y el mensaje social del espectáculo, cuya alegría y dolor nos une a todos. Ricky Martin, otro puertorriqueño, deplora (con un canto de lamento) el que a su hermosa isla llegue a ocurrirle “lo que le pasó a Hawaii”, a la que convirtieron en resort hotelero. En Puerto Rico la gente sufre apagones de luz constantes y la crisis energética pone en riesgo la vida diaria.
Sólo tres palabras dice Bad Bunny en inglés, en todo el show, y son: God Bless America (Dios bendiga a América); lo hace para dejar claro que esta bendición será para todos los países del continente (incluyendo, por cierto, a Canadá, cuyos habitantes –según dirán después las redes sociales– se quedaron asombrados al escuchar que se les menciona –eternos exiliados de la región– y se ponen a bailar, en sus casas, con ritmo candente; otra cosa que dirán las redes es que, después del Super Bowl, las plataformas de idiomas registrarán un incremento del treinta y tantos por ciento en el interés por aprender español).
La marcha/baile/protesta/lección de geografía, encabezada por la bandera del país anfitrión (Estados Unidos) y por la de Puerto Rico –como si su estrella, la cincuenta y uno, estuviera a punto de meterse en la otra– conduce a la multitud de artistas fuera de la cancha. Arriba, en la pantalla del estadio, brilla, por encima de todas las personas ahí presentes, la frase contundente, que a partir de este momento hay que aprenderse y repetir en todos los foros, estadios, estrados, tribunas, púlpitos, y por supuesto, en todas las aulas del mundo: Lo único más poderoso que el odio, es el amor.
Bad Bunny y su equipo han dejado en escena un huracán de amor y escándalo. La unión de los cuerpos, de los deseos y las voluntades, ha hecho del campo de juego un terreno de complicidad. Ahora resuenan en el ánimo de todo el público ecos de lo ocurrido en los últimos días: miles de personas, caminando, de luto, con velas encendidas, cantando por calles de Minneapolis en filas largas e interminables; multitud de celebridades conmovidas e incluso sufrientes, que ejercen su poder, su voz, para protestar y propagar su indignación, renunciando a cualquier privilegio personal para enaltecer el de otros; composiciones fotográficas de los dos estadunidenses asesinados, que estarán en nuestras memorias como ángeles; ancianos sacerdotes, jóvenes y maestras de escuela que defienden a golpes a sus comunidades y sus templos.
Igual que todos ellos, los artistas del Benito Bowl actúan con rebeldía, sin permiso y sin ofensa, sosteniendo verdades. Este domingo de febrero también quedará en el recuerdo como invitación a vivir el amor como resistencia activa, y el canto y el baile como lazos para urdir de nuevo el destrozado tejido social.
Comprendemos ahora que este evento es trascendente porque alcanza el plano ético del arte, porque nos recuerda el grado heroico de la belleza humana, y, aún más, porque, con su estilo rebelde, cachondo y hasta deportivo, ha dejado ver el lado espiritual de un arte político capaz de unir, durante más que un instante, millones de corazones de todo el mundo.
*
Finalmente, de pie frente a este ejemplo, me pregunto por la misión educativa. Encuentro, entonces, que no es otra que recoger esa memoria junto con nuestras alumnas y alumnos y, un día, encomendar a otros la tarea de mantenerla viva. En el terreno de la educación puede haber muchos errores y muchos aciertos, etapas de mucha oscuridad y de mucha luz, pero ese ritual escolar de preservación y permanencia debe conservarse. Es, en una palabra, lo que nos da sentido.
Muchas veces he soñado con el surgimiento de un movimiento de resistencia pacífica liderado por jóvenes, una especie de neohippismo capaz de llevar un paso adelante los ideales en embrión de aquellas chavas y chavos de los años sesenta del siglo pasado, que tuvieron por obvia esa verdad: Lo único más poderoso que el odio es el amor. El show del domingo 8 de febrero me deja aún más claros los atributos que tendrá ese movimiento, que en estos mis tecleos místicos veo venir de forma inevitable: espiritual, ético, artístico; sentimental, rebelde, lúcido; lúdico, testimonial, inclusivo, sexualmente amoroso: ejemplar. ¡Ah! Y, por favor, en español, si es posible… porque de verdad, ¡qué rico es ser latino!
Jaime Pérez Posada
Asesoría , Formación y Consultoría en Mercadeo y temas afines.
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